La imponente Ciudad del Cabo

Producto de su rica historia, su gente y su geografía, Sudáfrica se ha transformado con el correr de los años en un país notoriamente emblemático.
Su reconocido líder, Nelson Mandela, es el sinónimo perfecto de una nación que lo venera en todo momento. Calles de distintas ciudades y diversas infraestructuras portan su nombre. Mandela fue, es y será sinónimo de unión, más allá de que su propia tierra no lo refleje tan elocuentemente. Los blancos, que componen la minoría de la población, continúan dominando una vasta porción de las acciones comerciales del territorio, dando cuenta de que siguen siendo una suerte de elite.
Días atrás llegué a Cape Town, la capital sudafricana, una ciudad maravillosa y ambigua, que vive casi como un gran país desarrollado en algunos aspectos y se percibe como uno del tercer mundo en otros.
Con alrededor de cuatro millones de habitantes, Cape Town se presenta como una capital verdaderamente cosmopolita y con innumerables atractivos. Una notoria pluralidad de razas, culturas y etnias la integran. Hindúes, paquistaníes, islámicos y asiáticos representan buena parte de su inmigración, que crece día a día.
Por su parte, los elevados rascacielos, las históricas edificaciones y las imponentes autopistas contrastan a la perfección con la Montaña de Mesa, una de las flamantes siete maravillas naturales del mundo, que puede divisarse desde cualquier parte del centro de la ciudad. Alcanzar la cima de Table Mountain es como tocar el cielo con las manos.
Los barrios de clases más bajas establecidos en las afueras se contraponen a su vez con las mansiones existentes sobre las costas y las playas que las bordean.
No lejos del centro está el Waterfront, la coqueta zona portuaria de una ciudad muy poco costosa para el turista, que hasta puede si quiere disfrutar de una óptima cena de mariscos desde los 60 rands, que son aproximadamente unos 33 pesos.
Bo-kaap, el colorido barrio musulmán, es la muestra más clara de lo multiculural que es la urbe.
Otro de los ítems distintivos de la región y que particularmente más me llamó mi atención por su belleza y majestuocidad, es el Cabo de la Buena Esperanza, el punto extremo sur de África, donde se unen el océano Atlántico con el Índico.
La forma más sencilla y económica de arribar a ese parque nacional, es alquilando un auto. En el recorrido hasta el sitio, una amplia distinción de flora y fauna puede observarse en las márgenes de la ruta.
Cabe destacar, que por la influencia británica que Sudáfrica ostenta, se conduce por la izquierda, lo que puede resultar dificultoso para algunos extranjeros. Sin embargo, lo propio no deja de ser una linda experiencia.
Entre el patrimonio cultural más rico del país, se sitúa Robben Island, isla que está a 12 kilómetros de distancia de la costa de la ciudad, en la que Mandela pasó 18 de los 27 años en los que estuvo en prisión.
En tanto, la diversión pasa siempre por la Long Street, la calle que tiene una buena extensión de bares, pubs y restaurantes para todos los gustos.
Imposible visitar Sudáfrica y no complacerse, no disfrutar. Según aducen aquellos viajeros de mayor trayectoria, Ciudad del Cabo es una de las ciudades más lindas del mundo. Al menos para mí, así lo fue.

Domingo 2 de septiembre de 2012
Relato realizado para suplemento de Turismo de EL DIARIO de Paraná, Entre Ríos
República Argentina

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