Como un carioca, en la ciudad maravillosa

Rio de Janeiro, una de las metrópolis más lindas del mundo, puede ser conocida de diversas maneras. Al ser una ciudad tan afamada, el común de la gente que la visita se ve atraída solo por sus principales puntos turísticos y deja de lado su esencia. Sin embargo, los propios cariocas saben por donde pasa la magia de su tierra y junto a ellos, tuve el placer de disfrutar tan representativo lugar para la cultura brasilera.

“Jardín florido de amor y nostalgia, tierra que a todos seduce…”, decía Caetano Veloso en su canción más popular, haciendo referencia a Río de Janeiro, capital del estado que lleva ese nombre. Que preciso fue el prestigioso cantautor brasilero al hacer alusión a la ciudad de mayor afluencia turística de América Latina. Es que quien viaja a Río, seguramente deseé volver.

Porque más allá de la tradicional excursión al Cristo Redentor, del paseo por las playas de Copacabana e Ipanema, el ascenso al morro Pan de Azúcar y la visita al mítico estadio Maracaná, esta gran urbe ofrece innumerables atractivos que exceden a los íconos más renombrados y que son parte vital de su naturaleza. Y es que hasta el propio carnaval tiene un color distinto si es visto desde una perspectiva local.

Siendo la segunda plaza en cuanto a densidad poblacional se refiere, con más de 6 millones de habitantes, Río de Janeiro tiene en los cariocas, como se conoce a sus nativos, gente sumamente hospitalaria, alegre y que se caracteriza por hacer sentir al visitante como en su propia casa.
Tal como si estuviera en mi tierra fue como me sentí cuando visité a mi amiga carioca Nadia Mello, quien me hizo conocer a todo su entorno así como los lugares que el turismo habitualmente no suele frecuentar.

Parte de mi paseo, incluyó al histórico barrio de Lapa, una cuna bohemia, con sus clásicos arcos, la escalera Selarón y un recorrido en tren por el barrio de Santa Teresa. Playas de poco renombre pero no por eso de menor belleza, como Leblon, Barra de Tijuca, São Conrado y Praia Vermelha. También conocí la excelente movida nocturna con la que la ciudad cuenta, a través de distintas fiestas temáticas acordes a los ritmos musicales preferidos del lugar, además de recitales en vivo de Funk y Pagode. Mientras que, gastronómicamente hablando, saboreé impecables feijoadas y la más fina variedad de cachaças en bares típicos.

Trece kilómetros de extensión tiene el puente Presidente Costa e Silva, una monumental obra de infraestructura que cruza la bahía de Guanabara hasta llegar a Niteroi, una localidad recomendable principalmente por sus playas y el moderno Museo de Arte Contemporáneo que posee.

Por supuesto que al haber visitado la ex capital brasilera en vísperas de carnaval, no podía perderme los “blocos de rua”, que son bandas o comparsas que en días previstos se sitúan en puntos neurálgicos convocando a una multitud, que lleva adelante casi de manera improvisada una megafiesta callejera. Para los cariocas, ése es su verdadero carnaval y, el del sambódromo, lo consideran comercial y destinado a los extranjeros.

Conocer una ciudad y ser guiado por sus anfitriones tiene otro sabor y la experiencia se vive de un modo distinto, desde adentro. Así me pasó con Río, una ciudad maravillosa, a la que pronto quiero regresar para tener nuevamente, unas vacaciones inolvidables.

Domingo 7 de julio de 2013
Relato realizado para suplemento de Turismo de EL DIARIO de Paraná, Entre Ríos.
República Argentina

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